|
|
por
|
|
La casa de Mango Street es nuestra y no tenemos que pagarle renta a nadie, ni compartir el patio con los de abajo, ni cuidarnos de hacer mucho ruido, y no hay propietario que golpee el techo con una escoba. Pero aún así no es la casa que hubiéramos querido. Tuvimos que salir volados del departamento de Loomis. Los tubos del agua se rompían y el casero no los reparaba porque la casa era muy vieja. Salimos corriendo. Teníamos que usar el baño del vecino y acarrear agua en botes lecheros de un galón. Por eso Mamá y Papá buscaron una casa, y por eso nos cambiamos a la de Mango Street, muy lejos, del otro lado de la ciudad. Siempre decían que algún día nos mudaríamos a una casa, una casa de verdad, que fuera nuestra para siempre, de la que no tuviéramos que salir cada año, y nuestra casa tendría agua corriente y tubos que sirvieran. Y escaleras interiores propias, como las casas de la tele. Y tendríamos un sótano, y por lo menos tres baños para no tener que avisarle a todo mundo cada vez que nos bañáramos. Nuestra casa sería blanca, rodeada de árboles, un jardín enorme y el pasto creciendo sin cerca. Esa es la casa de la que hablaba Papá cuando tenía un billete de lotería y esa es la casa que Mamá soñaba en los cuentos que nos contaba antes de dormir. Pero la casa de Mango Street no es de ningún modo como ellos la contaron. Es pequeña y roja, con escalones apretados al frente y unas ventanitas tan chicas que parecen guardar su respiración. Los ladrillos se hacen pedazos en algunas partes y la puerta del frente se ha hinchado tanto que uno tiene que empujar fuerte para entrar. No hay jardín al frente sino cuatro olmos chiquititos que la ciudad plantó en la banqueta. Afuera, atrás hay un garaje chiquito para el carro que no tenemos todavía, y un patiecito que luce todavía más chiquito entre los edificios de los lados. Nuestra casa tiene escaleras pero son ordinarias, de pasillo, y tiene solamente un baño. Todos compartimos recámaras, Mamá y Papá, Carlos y Kiki, yo y Nenny. Una vez, cuando vivíamos en Loomis, pasó una monja de mi escuela y me vio jugando enfrente. La lavandería del piso bajo había sido cerrada con tablas arriba por un robo dos días antes, y el dueño había pintado en la madera SI, ESTA ABIERTO, para no perder clientela.
¿Dónde vives? preguntó. Allí. Tuve que mirar a donde ella señalaba. El tercer piso, la pintura descarapelada, los barrotes que Papá clavó en las ventanas para que no nos cayéramos. ¿Vives alli? El modito en que lo dijo me hizo sentirme una nada. Allí. Yo vivo allí. Moví la cabeza asintiendo. Desde ese momento supe que
debía tener una casa. Una que pudiera señalar. Pero no esta casa. La
casa de Mango Street no. Por mientras, dice Mamá. Es temporario, dice
Papá. Pero yo Bajo la casa de Meme hay un sótano que su mamá arregló y rentó a una familia puertorriqueña. La familia de Louie. Louie es el mayor de una familia de hermanitas. En realidad es el amigo de mi hermano, pero yo sé que tiene dos primos y que sus camisetas nunca se quedan metidas dentro de sus pantalones. La prima de Louie es mayor que nosotros. Vive con la familia de Louie porque su propia familia está en Puerto Rico. Se llama Marín o Marís o algo así, y lleva medias oscuras todo el tiempo y montón de maquillaje que le dan gratis porque vende Avon. No puede salir —la hace de nana de las hermanitas de Louie— pero se queda en la puerta mucho rato, canta y canta la misma canción tronando los dedos:
Apples, peaches, pumpkin pa-ay. Louie tiene otro primo. Lo vimos sólo una vez, pero valió la pena. Estábamos jugando volleyball en el callejón cuando él llegó en un enorme Cadillac amarillo con llantas de cara blanca y una mascada amarilla amarrada al espejo. El primo de Louie traía el brazo afuera de la ventanilla. Pitó un par de veces y un montón de caras miraron desde la ventana trasera de la casa de Louie y luego un montón de gente salió —Louie, Mann y todas las hermanitas. Todo mundo miró al interior del auto y preguntó de dónde lo había sacado. Tenía alfombras blancas y asientos de piel blanca. Pedimos una vueltecita y preguntamos dónde lo consiguió. El primo de Louie dijo: súbanse. Cada uno tuvimos que sentarnos con una hermanita de Louie en las piernas, pero no nos importó. Los asientos eran grandes y suavecitos como un sofá, y en el cristal de atrás había un gatito blanco que encendía los ojos cuando el auto se detenía o daba vuelta. Los cristales de las ventanillas no se levantaban como en los autos ordinarios, sino que había un botón que lo hacía por ti automáticamente. Recorrimos el callejón y todo alrededor de la cuadra seis veces, pero el primo de Louie dijo que nos iba a regresar a pie si no dejábamos de jugar con las ventanillas y de apretar los botones del radio FM. A la séptima vez que entramos en el callejón oímos unas sirenas. . . muy quedito al principio, pero después más fuerte. El primo de Louie paró el auto allí mismo donde estábamos y dijo: afuera todos. Entonces despegó, convirtiendo aquel auto en un borrón amarillo. Nosotros casi no tuvimos tiempo ni de pensar cuando la patrulla entró en el callejón igual de rápido. Vimos el Cadillac amarillo al final de la cuadra tratando de voltear a la izquierda, pero nuestro callejón es demasiado estrecho y el auto se estrelló contra un poste de la luz. Marín gritó y corrimos a la esquina donde la sirena de la patrulla hacía girar un mareo azul. La trompa de aquel Cadillac amarillo estaba toda corrugada como la de un cocodrilo, y salvo por un labio sangrante y la frente magullada, el primo de Louie estaba okay. Le pusieron esposas y lo metieron en el asiento trasero de la patrulla, y todos levantamos las manos para despedirlo cuando se lo llevaron.
Soy yo, Mamá, dice Mamá. Yo abro y allí está ella con bolsas y grandes cajas, la ropa nueva y si trajo las medias y un fondo que tiene una rosita y un vestido de rayas blancas y rosas. ¿Y los zapatos? Los olvidé. Ya es muy tarde. Estoy cansada. ¡Ufa! ¡Uf, híjole! Son ya las seis y media y el bautizo de mi primito terminó. Todo el día esperando, la puerta cerrada, no le abras a nadie, y yo no hasta que Mamá regresa y compra todo, excepto los zapatos. Ahora el tío Nacho llega en su carro y tenemos que apurarnos a llegar a la Igiesia de la Preciosa Sangre rápido porque allí es la fiesta del bautizo, en el sótano rentado este día para bailar y tamales y los escuincles de todos corriendo por todos lados. Mamá baila, ríe, baila. De pronto Mamá se enferma. Abanico su cara acalorada con un plato de cartón. Demasiados tamales, pero tío Nacho dice demasiado de esto y se empina el pulgar entre los labios. Todos ríen menos yo, porque estoy estrenando el vestido de rayas rosa y blanco, y nueva ropa interior, y nuevos calcetines, con los viejos zapatos café con blanco que llevo a la escuela, como los que me entregan cada septiembre porque duran mucho, y sí duran. Mis pies desgastados y redondos y los tacones bien chuecos que se ven estúpidos con este vestido, así que nomás aquí sentada. Mientras tanto ese muchacho que es mi primo de primera comunión o de algo, me pide que baile y no puedo. Unicamente escondo mis zapatos bajo la silla plegadiza de metal que dice Preciosa Sangre y despego un chicle café que está pegado debajo del asiento. Sacudo mi cabeza: No. Mis pies van haciéndose grandes y más grandes. Entonces el tío Nacho jala y jala mi brazo y no importa qué tan nuevo es el vestido que Mamá me compró, porque mis pies están feos, hasta que mi tío que es un mentiroso dice: tú eres la más bonita de todas aquí, vas a bailar. Y yo le creo y sí, estamos bailando, mi tío Nacho y yo, aunque al principio no quiero. Mis pies se hinchan como chupones pero yo los arrastro hasta el centro del piso de linóleo donde mi tío quiere presumir el baile que aprendimos. Y mi tío me hace girar, y mis brazos flacos se doblan como él me enseñó, y mi madre mira, y mis primitos miran, y el muchacho que es mi primo de primera comunión mira, y todo mundo dice ¡guau! ¿quiénes son esos que bailan como en el cine?, hasta que se me olvida que traigo zapatos de diario café con blanco de los que compra mi mamá cada año para la escuela. Y todo lo que oigo son los aplausos cuando la música se detiene. Mi tío y yo hacemos una reverencja y él me acompaña con mis gruesos zapatos a mi madre que se siente orgullosa de ser mi madre. Toda la noche el muchacho que ya es un hombre me mira bailar. Me miró bailar.
|
|
Regresar: 301 PágInicial 301 Lecturas |