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Son los únicos que me entienden. Soy la única que los entiende. Cuatro árboles flacos de flacos cuellos y codos puntiagudos como los míos. Cuatro que no pertenecen aquí pero aquí están. Cuatro excusas harapientas plantadas por la ciudad. Desde nuestra recámara podemos oírlos, pero Nenny se duerme y no aprecia estas cosas. Su fuerza es secreta. Lanzan feroces raíces bajo la tierra. Crecen hacia arriba y hacia abajo y se apoderan de la tierra entre los dedos peludos de sus pies y muerden el cielo con dientes violentos y jamás se detiene su furia. Así se mantienen. Si alguno olvidara su razón de ser todos se marchitarían como tulipanes en un florero, cada uno con sus brazos alrededor del otro. Sigue, sigue, sigue, dicen los árboles cuando duermo. Ellos enseñan. Cuando estoy demasiado triste o demasiado flaca para seguir siguiendo, cuando soy una cosita delgada contra tantos ladrillos es cuando miro los árboles. Cuando no hay nada más que ver en esta calle. Cuatro que crecieron a pesar del concreto. Cuatro que luchan y no se olvidan de luchar. Cuatro cuya única razón es ser y ser.******** No
speak English
Mamacita es la mujer enorme del hombre al cruzar la calle, tercer piso al frente. Rachel dice que su nombre debería ser Mamasota, pero yo creo que eso es malo. El hombre ahorró su dinero para traerla. Ahorró y ahorró porque ella estaba sola con el nene-niño en aquel país. El trabajó en dos trabajos. Llegó noche a casa y salió tempranito. Todos los días. Y luego un día Mamacita y el nene-niño llegaron en un taxi amarillo. La puerta del taxi se abrió como el brazo de un mesero. Y va saliendo un zapatito color de rosa, un pie suavecito como la oreja de un conejo, luego el tobillo grueso, una agitación de caderas, unas rosas fucsia y un perfume verde. El hombre tuvo que jalarla, el chofer del taxi empujarla. Empuja, jala. Empuja, jala. ¡Puf! Floreció de súbito. Inmensa, enorme, bonita de ver desde la puntita rosa salmon de la pluma de su sombrero hasta los botones de rosa de sus dedos de pie. No podía quitarle los ojos a sus zapatitos. Arriba, arriba, arriba subió con su nene-niño en una cobija azul, el hombre cargándole las maletas, sus sombrereras color lavanda, una docena de cajas de zapatos de satín de tacón alto. Y luego ya no la vimos. Alguien dijo que porque ella es muy gorda, alguien que por los tres tramos de escaleras, pero yo creo que ella no sale porque tiene miedo de hablar inglés, sí, puede ser eso, porque solo conoce ocho palabras: sabe decir He not here cuando llega el propietario, No speak English cuando llega cualquier otro y Holy smokes. No sé dónde aprendió eso, pero una vez oí que lo dijo y me sorprendió. Dice mi padre que cuando él llegó a este país comió jamanegs durante tres meses. Desayuno, almuerzo y cena. Jamanegs. Era la única palabra que se sabía. Ya nunca come jamón con huevos. Cualesquiera sean sus razones, si porque es gorda, o no puede subir las escaleras, o tiene miedo al idioma, ella no baja. Todo el día se sienta junto a la ventana y sintoniza el radio en un programa en español y canta todas las canciones nostálgicas de su tierra con voz que suena a gaviota. Hogar. Hogar. Hogar es una casa en una fotografía, una casa color de rosa, rosa como geranio con un chorro de luz azorada. El hombre pinta de color de rosa las paredes de su departamento, pero no es lo mismo, sabes. Todavía suspira por su casa color de rosa y entonces, creo, se pone a chillar. Yo también lloraría. Algunas veces el hombre se
harta. Comienza a gritar y puede uno oirlo calle abajo. ¡Ay!, Mamacita, que no es de aquí, de vez en cuando deja salir un grito, alto, histérico, como si él hubiera roto el delgado hilito que la mantiene viva, el único camino de regreso a aquel país. Y entonces, para romper su corazón para siempre, el nene-niño, que ha comenzado a hablar, empieza a cantar el comercial de la Pepsi que aprendió de la tele.
No speak English, le dice ella al nene-niño que canta en
un idioma que suena a hoja de lata. No speak English, no speak
English. No, no, no. Y rompe a llorar. ******* No un piso. No un departamento interior. No la casa de un hombre. Ni la de un papacito. Una casa que sea mía. Con mi porche y mi almohada, mis bonitas petunias púrpura. Mis libros y mis cuentos. Mis dos zapatos esperando junto a la cama. Nadie a quien amenazar con un palo. Nada que recogerle a nadie. Sólo una casa callada como la nieve, un espacio al cual llegar, limpia como la hoja antes del poema. ******* Me gusta contar cuentos. Los cuento dentro de mi cabeza. Los cuento después de que el cartero dice: aquí está su correo. Aquí está su correo, dijo. Escribo un cuento para mi vida, para cada paso que dan mis zapatos cafés. Digo: “Y subió penosamente los escalones de madera, sus tristes zapatos cafés llevándola a la casa que nunca le gusto.” Me gusta contar cuentos. Voy a contarte el cuento de una niña que no quería pertenecer. No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle. Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no dude tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone en libertad. Un dia llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le dire adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré. Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿a dónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos? No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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