Lourdes

Lourdes no sabe cuánto tiempo había pasado desde que sa­lió de Cuba. Ella había quedado en reunirse con Rufino en Miami, donde había volado con el resto de la familia. En su confu­sión, había metido en la maleta unas frutas y su velo de novia, una acuarela con un paisaje, y una bolsa de papel con alpiste.

Al aterrizar en Miami, Pilar se escapó y salió corrien­do. Su cancán se mecía como una campanita en medio de la multitud. Escuchó el nombre de su hija anunciado por un altavoz. Cuando encontró a Pilar sentada sobre las rodi­llas de un piloto, chupando una piruleta de lima, Lourdes no pudo pronunciar palabra alguna. No sabía cómo dar las gracias a aquel americano uniformado que terminó escol­tándolas hasta la puerta de salida.

Transcurridos unos días, salieron de Miami en un Che­vrolet de segunda mano. Lourdes no podía soportar a la fa­milia de Rufino, rumiando continuamente la pérdida de su riqueza, compitiendo por los empleos de friegaplatos.

« Quiero irme donde haga frío », le dijo Lourdes a su ma­rido. Comenzaron a conducir. « Más frío », dijo ella al pasar por las marismas apenas saladas de Georgia, como si sus palabras fuesen a hacerlos subir más deprisa hacia el norte. «¡ Más frío ! », dijo ella al atravesar los campos helados de una Carolina invernal. “¡Más frío ! », dijo nuevamente en Wash­ington, D.C., a pesar de las promesas de los cerezos en flor, a pesar de los monumentos blancos que atesoraban la luz invernal. « Aquí hace suficiente frío », dijo finalmente cuan­do llegaron a Nueva York.

Tan sólo hacía dos meses que Lourdes, estando todavía en Cuba, había quedado embarazada por segunda vez. Galopaba por un campo de hierba seca cuando su caballo se cncabritó de repente y la lanzó contra el suelo. Lourdes sin­tió una densidad que crecía entre sus pechos, que se endurecia cada vez más, hasta convertirse en un dolor agudo, rotundo. La sangre de sus uñas se decoloró.

Un roedor de gran tamaño salió de detrás del aromo y comenzó a mordisquear las punteras de sus botas. Lourdes le lanzó una roca y lo mató instantáneamente. Anduvo a tropezones cerca de una hora, hasta que llegó a la granja de las vacas. Un trabajador le prestó un caballo y Lourdes galopó a una velocidad suicida hasta llegar a la villa.

Dos soldados jóvenes apuntaban con sus rifles a Rufi­no. Sus manos daban vueltas nerviosas en el aire. Ella saltó del caballo y se colocó frente a su marido como si fuera un escudo.

—¡Fuera de aquí! —gritó ella con tanta rabia que los soldados bajaron las armas y regresaron al jeep. Lourdes sintió que se le había desprendido un coágulo, lo sintió licuarse debajo de sus pechos, flotar dentro de su vientre, y bajar por sus muslos. A sus pies se había formado un charco de sangre oscura.

El día que regresaron los soldados, Rufino había ido a La Habana a encargar una máquina de ordeñar vacas. Le entregaron a Lourdes un documento oficial declarando los bienes de los Puente propiedad del gobierno revoluciona­rio. Ella rompió la escritura por la mitad y, furiosa, despi­dió a los soldados, pero uno de ellos la agarró por el brazo.

—¡No vas a empezar con lo mismo otra vez, verdad com­pañera? —le dijo el más alto.

      Lourdes escuchó su acento de la provincia de Oriente, y se dio la vuelta para mirarlo. Su pelo, domado con bri­llantina, le crecía crespo desde la mitad de la frente.

—¡Salgan de mi casa! —les gritó a los soldados, con más coraje aún que la semana anterior.

Pero en lugar de salir, el más alto aumentó la presión sobre su brazo, justo encima del codo.

Lourdes sintió su mano callosa, el metal de su anillo golpeteando su sien. Ella se estuvo retorciendo hasta que logró liberarse de su garra y arremetió contra él tan bruscamente que le hizo caer de espaldas contra la pared del vestíbulo. Lourdes trató de huir, pero el otro soldado le bloqueó el paso. En su cabeza continuaban resonando los golpes.

—¿Conque la mujer de la casa es una luchadora? —dijo el soldado alto en tono burlón. Presionó su cara contra la de Lourdes, sujetándole las manos a la espalda.

Lourdes no cerró los ojos, sino que, por el contrario, miró directamente a los del soldado. No tenían nada extraordi­nario, excepto por la córnea, que tenía el mismo matiz azul transparente de los ciegos. Sus labios eran demasiado grue­sos para un hombre. Trató de presionarlos contra los de ella, pero Lourdes sacudió bruscamente la cabeza y le escupió en la cara.

El sonrió pausadamente y Lourdes vio que sus dientes centrales tenían una franja de suciedad como las marcas que el agua deja en los puertos. Sus encías eran de un rosado tenue, delicadas como los pétalos de una rosa.

El otro soldado la sujetó mientras su compañero sacaba el cuchillo de la funda. Cortó, con infinito cuidado, los pan­talones de montar de Lourdes, desde las rodillas hasta abajo, y la amordazó con ellos. Le cortó la camisa, sin remover ni un solo botón, y rasgó por la mitad su sujetador y sus bragas. Luego le colocó el cuchillo sobre el vientre y la violó.

Lourdes no podía ver nada, pero lo olía todo intensa­mente, como si sus sentidos se hubiesen concentrado sólo en eso.

Olía el jabón ordinario del soldado, la sal de su espalda sudorosa. Olía sus coágulos lechosos y la pobredumbre de sus dientes y la brillantina cítrica de su pelo, como si estu­viese escondiendo un huerto de limones en alguna parte. Olía la cara del día de su boda, las lágrimas del día en que se ahogó su hijo en el parque. Olía la putrefacción de su pier­na, amputada una noche sin luna en la sábana africana. Olía las moscas que oscurecían sus ojos cuando él ya era viejo.

Cuando terminó, el soldado cogió el cuchillo y, concen­trándose profundamente, comenzó a rayar el vientre de Lourdes. Un arañazo primitivo. Jeroglíficos de color rojo.

El dolor hizo que los colores afluyeran otra vez dentro de los ojos de Lourdes. Vio la sangre escurrirse sobre su piel, como agua de lluvia sobre suelo mojado.

Y sólo después de que el soldado alto la azotara con su rifle y la dejara con su amigo silencioso, lleno de granos, sólo después de restregarse la piel y el pelo con detergentes para limpiar paredes y suelos de baldosas, sólo después de restañarse la sangre con algodones y gasas y de limpiar el vaho del espejo del cuarto de baño, tan sólo entonces inten­tó Lourdes descifrar lo que él había grabado. Pero era ilegible.

 

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