Celia

Esa misma noche, más tarde, Celia se sienta a mecerse en su columpio de mimbre y a examinar el cielo estrellado, como si la caprichosa disposición de las estrellas pudiera re­velarle algo. Pero esta noche está tan uniforme y tan opaco como una tiara.

Celia va a la cocina y pone a calentar un poco de leche y luego la endulza con un par de terrones de azúcar. ¿Cómo es posible que, pudiendo ayudar a sus vecinos, no sea en cambio de ninguna utilidad para sus hijos? Lourdes, Feli­cia y Javier son ahora adultos y están solos; solos, ciegos y sordos ante el mundo, ante si mismos, ante ella. No exis­te consuelo para ellos, solo un pasado infectado de desilusión.

Sus hijas no pueden entender su dedicación a El Lider. Lourdes le envía fotos de sus pasteles y de su pastelería en Brooklyn. Cada uno de los resplandecientes éclairs que allí aparecen es una granada dirigida contra las creencias polí­ticas de Celia, cada tarta de fresas es una prueba —elaborada con harina, mantequilla, leche y huevos— del éxito de Lour­des en América, y un recordatorio de la progresiva escasez de Cuba.

Felicia no es menos exasperante.  « ¡La seguridad nos está matando », se lamenta cuando Celia intenta destacar los méritos de la revolución. A nadie le falta la comida ni le son negados los servicios médicos, nadie duerme en las calles, todo el que quiere trabajar, trabaja. Pero su hija prefiere el lujo de la incertidumbre, del tiempo sin planificar, del des­perdicio.

Celia cree que si Felicia pusiera al menos algún interés en la revolución tendría expectativas más altas, la oportu­nidad de participar en algo que vaya más allá de ella misma. Después de todo, ¿no forman parte ellos del mayor experi­mento social de la historia contemporánea? Pero su hija lo único que hace es sumirse en sus propias preocupaciones.

Nada sacude la arraigada indiferencia de Felicia. Ni si­quiera las dos semanas que pasó en las montañas entrenán­dose como guerrillera. Ni tampoco el día y medio que estu­vo cortando caña de azücar. Felicia regresó del campo quejándose de su espalda dolorida, de sus manos destroza­das, de los terrones de tierra sucia que había tragado. Des­pues de la experiencia, juró beberse el café sin azúcar. No más azúcar.

Celia busca desesperadamente en el cajón de su mesilla de noche la foto preferida de su hijo. Javier es alto y pálido como ella, y tiene un lunar en la mejilla izquierda idéntico al suyo. Lleva puesto su uniforme de los Pioneros, tan relu­ciente y nuevo como lo era entonces la revolución, tan ra­diante entonces de optimismo como la cara de su hijo. No puede imaginar a Javier con más edad de la que tiene en esta foto.

Su hijo tenía casi trece años cuando la revolución triunfó. Esos primeros años fueron difíciles, no por las penurias y racionamientos que Celia suponía necesarios para poder re­distribuir las riquezas del país, sino porque tanto Celia como Javier tenían que callar su entusiasmo por El Lider. Su ma­rido no toleraba que en su casa se aclamase la revolución.

Javier nunca discutió con su padre abiertamente. Su gue­rra era un desafío silencioso. Se marchó secretamente a Che­coslovaquia en 1966, sin despedirse de nadie.

Javier le había enviado una extensa carta hacía tres años, después de morir Jorge. En ella le decía que finalmente se había convertido en profesor de bioquímica de la Universi­dad de Praga, y que impartía sus clases en ruso, alemán y checo. No mencionaba a su mujer, ni siquiera de pasada, pero decía que le hablaba en español a su hijita, para que algún día pudiese hablar con su abuela. Esto le llegó a Celia al alma, y le escribió a Irinita una nota especial estimulán­dola para que siguiera con su español y prometiéndole que le enseñaría a nadar.

En todos estos años, su hijo sólo le había escrito muy de vez en cuando, y unas notas que, según pensaba Celia, habían sido redactadas a la ligera entre clase y clase. Raras veces escribió algo con sustancia, como si las noticias su­perficiales fueran las únicas que Celia estaba capacitada para asimilar. Mucho más esclarecedora que estas notas era la información que Celia extraía de la foto familiar que su nuera, Irma, le enviaba religiosamente todas las Navidades. A través de estas fotos, Celia notaba cómo le iban cayendo los años a su hijo, y observaba cómo su boca iba adquirien­do la expresión obstinada de su padre. En su mirada toda­vía quedaba un ápice de vulnerabilidad que enternecía a Celia, que le hacía recordar a su niñito.

Celia cierra los ojos. No le gusta reconocer ante si misma que, a pesar de su febril actividad, de vez en cuando se siente sola. No la soledad de años atrás, la soledad de haber vivi­do a orillas del mar una vida en contra de su voluntad, sino la soledad producida por la imposibilidad de compartir su alegría. Celia recuerda las tardes en el porche cuando su nieta, siendo aún una niña, parecía leerle sus propios pen­samientos. Durante años, Celia estuvo manteniendo con­versaciones con Pilar en lo más oscuro de la noche, pero luego repentinamente perdieron la conexión que las unía. Celia ahora cree que entre ellas se había cerrado entonces un ciclo, y que aún no había comenzado otro nuevo.

 

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