Pilar

Abuela me habla mientras pinto. Me cuenta que antes de la revolución Cuba era un lugar patético, la parodia de un país. Había un solo producto, el azúcar, y todas las ganancias iban a parar a manos de unos pocos cu­banos y, por supuesto, en las de los americanos. Mucha gente trabajaba solo durante el invierno, cortando la caña. El verano era tiempo muerto, y los campesinos rara vez podían escapar del hambre. Abuela me cuenta que ella se salvó porque sus padres la mandaron a vivir con su tía abuela a La Habana, que la crió con ideas progresistas. La liber­tad, me dice Abuela, no es otra cosa sino el derecho a vivir decentemente.

Mama escucha indiscretamente lo que decimos, y luego nos pone de vuelta y media con alguna de sus sesenta y pico diatribas cuando no le gusta lo que escucha. Su favorita es la de la apremiante situación de los « plantados », los presos políticos que han estado encarcelados aquí durante casi veinte años: « ¿Qué crímenes han cometido? », nos grita acercando su cara a las nuestras. 0 la cuestión de las expropiaciones: « ¿Quién nos devolverá el dinero de nuestras casas, de los terrenos que nos han robado los comunistas? » Y la religión: « ¿Los católicos son perseguidos, tratados como perros! » Pero Abuela no discute con Mamá. La deja que hable y hable. Cuando Mamá empieza a calentarse demasiado, Abuela se baja de su columpio y se marcha.

Llevamos cuatro días en Cuba y Mamá no ha hecho otra cosa que quejarse, y sentarse a fumar cigarro tras cigarro cuando se cierra la noche. Discute con los vecinos de Abue­la, busca bronca con los camareros, riñe con el hombre que vende los barquillos de helado en la playa. Le pregunta a todo el mundo cuánto ganan y, no importa lo que le contes­ten, siempre les dice: « ¡Podrías ganar diez veces más en Miami! » Para ella, el dinero es el fondo de todas las cosas. Además intenta pillar a los obreros robando para poder decir: «¡Mira! ¡Esa es su lealtad con la revolución! »

El Comité Pro Defensa de la Revolución ha comenzado a montarle broncas a Abuela por culpa de Mamá, pero Abuela les dice que tengan paciencia, que ella se quedará sólo una semana. Yo quiero quedarme más tiempo, pero Mamá se niega porque no quiere dejar en Cuba más divisas, como si nuestras contribuciones fueran a enriquecer o a arruinar la economía. (Por cierto, a Mamá le dio un ata­que de apoplejía cuando se enteró que tenía que pagar una habitación de hotel con sus tres comidas diarias correspon­dientes durante el tiempo que durase nuestra estancia, aun­que nos estuviéramos quedando en casa de familiares.) « Sus pesos no valen nada! —grita—.   ¡Nos permiten que entre­mos al país porque necesitan de nosotros, y no lo contrario! » En cualquier caso no entiendo cómo le han dejado en­trar a ella. ¿Estarán haciendo estos cubanos sus deberes como Dios manda?

Sigo pensando que a mi madre le va a dar un ataque cardiaco en cualquier momento. Abuela me dice que no es normal el calor que está haciendo para ser abril. Mamá se ducha varias veces al día, y luego enjuaga su ropa en el fre­gadero y se la pone mojada para refrescarse. En casa de Abuela no hay agua caliente. El océano está más caliente que el agua que sale por sus grifos, pero ya me estoy acos­tumbrando a las duchas frías. La comida es otra historia, y, para colmo, grasienta como el demonio. Si me quedara aquí más tiempo, terminaría comprándome un par de esos pantalones elásticos color neón que llevan puestos todas las mujeres cubanas. Debo admitir que la vida aquí es bastan­te más dura de lo que yo me pensaba, pero al menos todos parecen tener cubiertas sus primeras necesidades.

Pienso en lo distinta que habría sido mi vida si me hu­biese quedado con mi abuela. Creo que soy probablemente la única ex punky de toda la isla, que nadie más lleva las ore­jas agujereadas en tres lugares distintos. Se me hace difícil pensar en mi existencia sin Lou Reed. Le pregunto a Abuela si en Cuba yo podría pintar lo que me diera la gana y me dice que si, siempre y cuando no atente contra el Estado. Cuba está aún en vías de desarrollo, me dice, y no puede permitirse el lujo de la disidencia. Y entonces cita algo que El Lider había dicho en los primeros años, antes de que co­menzaran a arrestar a poetas: « A favor de la revolución, todo; en contra de la revolución, nada. » Me pregunto lo que pen­saría El Lider sobre mis pinturas. El arte, le diria yo, es la máxima revolución.

Abuela me da una caja con las cartas que ella le había escrito a su antiguo amante español, y que nunca envió. Me enseñó también su foto. Está muy bien conservada. Era guapo incluso para los cánones actuales, fuerte, con una espesa barba y mirada bondadosa, casi con un aire de erudito. Llevaba puesto un traje de lino tostado y un sombrero de paja algo inclinado hacia la izquierda. Abuela me dijo que ella misma había hecho la foto un domingo en el Malecón.

También me entrega un libro de poemas que tenía guar­dado desde 1930, cuando escuchó a García Lorca leer en el Teatro Principal de la Comedia. Abuela sabía de memo­ria cada uno de los poemas, y los recitaba con mucho dra­matismo.

He comenzado a soñar en español, cosa que no me había pasado nunca. Me despierto sintiéndome distinta, como si algo dentro de mi estuviese cambiando, algo qúimico e irre­versible. Hay algo mágico aquí que va abriéndose camino por mis venas. Hay algo también en la vegetación a lo que yo respondo instintivamente: la hermosa buganvilIa, los flamboyanes y las jacarandás, las orquideas que crecen sobre los troncos de las misteriosas ceibas. Y quiero a La Haba­na, su bullicio y su decadencia y su aquello de fulana. Po­dría sentarme feliz durante días y días en uno de aquellos balcones de hierro forjado, o quedarme en compañía de mi abuela en su porche, con su vista al mar de primera fila. Me da miedo perder todo esto, perder nuevamente a Abue­la Celia. Pero tarde o temprano tendré que regresar a Nueva York. Ahora sé que es allí adonde pertenezco (y no en vez de a Cuba, sino más que a Cuba). ¿Cómo puedo decirle esto a mi abuela?

 

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