Yo la quería, la quería
mucho a mi princesita gaucha, de rostro color de trigo, de ojos color de
pena (1), de labios color de pitanga marchita.
(2)
Tenía la cara pequeña,
pequeña y afilada como la de un cuzco (3); era toda
pequeña y humilde. Bajo el batón de percal (4),
su cuerpo de virgen apenas acusaba curvas ligerísimas: un pobre cuerpo de
chicuela anémica. Sus pies aparecían diminutos, aun dentro de las
burdas alpargatas (5);
sus manos desaparecían en el exceso de manga de la tosca
(6) camiseta de algodón.
A veces, cuando se levantaba a ordeñar
(7), en las madrugadas
crudas, tosía. Sobre todo, tosía
cuando se enojaba haciendo inútiles esfuerzos para separar de la ubre
(8) el ternero
(9) grande.
Era la tisis (10)
que andaba rondando (11)
sobre sus pulmoncitos indefensos. Todavía no era tísica.
Médico yo, lo había constatado (12).
Hablaba raras veces y con una voz extremadamente dulce.
Los peones no le dirigían la palabra sino para ofenderla y empurpurarla
(13) con alguna
obscenidad repulsiva. Los patrones mismos ---buenas gentes, sin
embargo--- la estimaban poco, considerándola máquina animal de escaso
rendimiento.
Para todos era "La Tísica".
Era linda, pero su belleza enfermiza, sin los atributos
incitanates de la mujer, no despertaba codicias (14).
Y las gentes de la estancia, brutales, casi la odiaban por eso: el yaribá,
el caraguatá, todas esas plantas que dan frutos incomestibles, estaban en
su caso (15).
Ella conocía tal inquina (16)
y lejos de ofenderse, pagaba con un jarro de "apoyo" a quien más
cruelmente le había herido. Ante los insultos y las ofensas no
tenía más venganza que la mirada tristísima de sus ojos, muy grandes, de
pupilas muy negras, nadando en unas córneas de un blanco azulado que le
servían de marco admirable. Jamás había una lágrima en esos ojos que
parecían llorar siempre.
Exponiéndose a un rezongo (17)
de la patrona, ella apartaba la olla
del fuego para que calentase una caldera para el mate
(18) amargo el peón
recién venido del campo; o distraía brasas al asado a fin de que otro
tostase un choclo (19)
... ¡Y no la querían los peones!
---La Tísica tiene más veneno que un alacrán
(20)--- oí decir a uno.
Y a otro que salía envolviendo en el poncho el primer
pan del amasijo (21),
que ella le había alcanzado a hurtadillas (22):
---La Tísica se parece al cameleón: es el animal más
chiquito y más peligroso.
A estos injusticias de los hombres se unían otras
injusticias del destino para amargar la existencia de la pobre chicuela.
Llevada de su buen corazón, recogía pichones de "benteveo" y de "pirincho"
y hasta "horneros" a quienes los chicos habían destruído sus palacios de
barro (23).
Con santa paciencia los atendía en sus escasos momentos de ocio; y todos
los pájaros morían, más tarde o más temprano, no se sabe por qué extraño
maleficio.
Cuidaba los corderos guachos (24)
que crecían, engordaban y se presentaban rozagantes
(25) para aparecer una
mañana muertos, la panza hinchada, las patas rígidas.
Una vez pude presenciar esta escena.
Anochecía. Se había carneado
(26) tarde. Media
res de capón asábase (27)
apresuradamente al calor de una leña verde que se "emperraba"
(28) sin hacer brasas.
Llega un peón:
---¡Hágame un lugarcito para la caldera!
(29)
---¿Pero no ve que no hay fuego?
---¡Un pedacito!
---¡Bueno, traiga, aunque después me llueva un aguacero
de retos (30) de
la patrona!
Se sacrifican algunos tizones
(31). El agua comienza a hervir
en la pava (32).
La Tísica, tosiendo,
ahogada (33)
por el humo de la leña verde, se inclina para cogerla. El peón la
detiene.
---Deje--- dice, ---no acerque
(34).
---¿No me acerque? . . . ¿Por qué, Sebastián?---
balbucea la infeliz, lagrimeando (35).
---Porque . . . sabe . . . para ofensa no es . . . pero
. . . ¡le tengo miedo cuando se arrima! (36)
---¿Me tiene miedo a mí? . . .
---¡Más miedo que al cielo cuando refucila!
(37)
El peón tomó la caldera y se fue sin volver la vista.
Yo entré en ese momento y vi a la chicuela muy afanada
(38) en el cuidado del
costillar (39),
el rostro inmutable, siempre la misma palidez en sus mejillas, siempre
idéntica tristeza en sus enormes ojos negros, pero sin una lágrima, sin
otra manifestación de pena que la que diariamente reflejaba su semblante
(40).
---¿La hacen sufrir mucho, mi princesita?--- dije por
decir algo y tratando de ocultar mi indignación.
Ella rio, con una risa incolora, fría, mala, a fuerza
de ser buena, y dijo con incomparable dulzura:
---No, señor. Ellos son así, pero son buenos . .
. Y después . . . para mí to. . .
Un acceso de tos le cortó la palabra.
Yo no pude contenerme. Corrí. La sostuve
(41) en mis
brazos entre los cuales se estremecía (42)
su cuerpecito, mientras sus ojos, sus ojos de crepúsculo
(43) de invierno, sus
ojos áridos inmensamente negros, se fijaban en los míos con extraña
expresión, con una expresión que no era de agradecimiento, ni de simpatía,
ni de cariño. Era la misma mirada, la misma, de una víbora de la
Cruz (44) con la
cual, en circunstancia inolvidable, me encontré frente cierta vez.
Helado de espanto, abrí los brazos. Y antes que
me arrepintiese de mi acción cobarde, cuando creía ver a la Tísica tumbada
(45), falta de
mi apoyo, la contemplé muy firme, muy segura, arrimando tranquilamente
brasas al asado, siempre pálida, siempre serena, la misma tristeza
resignada en el fondo de sus pupilas sombrías.
Turbado en extremo, sin saber qué hacer, sin saber qué
decir, abandoné la cocina, salí al patio y en el patio encontré al peón de
la caldera que me dijo respetuosamente:
---Vaya con cuidado, doctor. Yo le tengo mucho
miedo a las víboras; pero, caso obligado (46),
preferiría acostarme a dormir con una víbora crucera y no con la Tísica.
Intrigado (47)
e indignado a un tiempo lo tomé por un brazo, lo zamarreé
(48) gritando:
---¿Qué sabe usted?
El, muy tranquilo, me respondió:
No sé nada. Nadie sabe nada. Colijo
(49).
---¡Pero es una infamia presumir de ese modo!---
respondí con violencia. ---¿Qué ha hecho esta pobre muchacha para
que la traten así, para que la supongan capaz de malas acciones, cuando
toda ella es bondad, cuando no hace otra cosa que pagar con bondades las
ofensas que ustedes le infieren a diario?
---Oiga, don . . . Decir una cosa de la Tísica, yo no
puedo decir. Tampoco puedo decir que el camaleón mata picando,
proque no lo he visto picar a nadie . . . Puede ser, puede ser, pero le
tengo miedo . . . Y a la Tísica es lo mismo . . . Yo le tengo miedo, todos
le tenemos miedo . . . Mire, doctor: a esos bichos chiquitos como el
alacrán, como la mosca mala, hay que tenerles miedo . . .
Calló el paisano. Yo nada repliqué.
Pocos días después partí de la estancia y al cabo de
cuatro o cinco meses leí de un diario este breve despacho telegráfico:
"En la estancia X . . . han perecido
(50), envenenados
(51) con
pasteles que contenían arsénico, el dueño Z . . ., su esposa, su hija, el
capataz y toda la servidumbre, excepto una peona conocida por el
sobrenombre de la Tísica".
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(1)
sorrowful-looking
(2) faded cherry
(3) small dog
(4) robe
(5) crude sandals
(6) coarse
(7) to milk
(8) udder
(9) calf
(10) tuberculosis
(11) hovering
(12) verified
(13) embarrass her
(14) desire
(15) were just like her (asexual)
(16) hatred
(17) scolding
(18) Argentine tea
(19) ear of corn
(20) scorpion
(21) kneading
(22) she had secretly adquired for him
(23) Out of the goodness of her heart
(24) orphaned lambs
(25) splendid-looking
(26) slaughtered
(27) Half a side of beef was roasting
(28) continued burning
(29) kettle
(30) shower of reprimands
(31) half-burned pieces of wood
(32) kettle
(33) choked
(34) don't come near
(35) crying
(36) you come near
(37) it lightnings
(38) zealous
(39) ribs
(40) face
(41) held
(42) trembled
(43) dusk
(44) an extremely poisonous snake
(45) fallen down
(46) if I had to choose
(47) puzzled
(48) I shook
(49) I deduce
(50) perished
(51) poisoned |