Cómo restaurar el tejido de la vidaUn llamado a la acción del PNUD, el PNUMA, el Banco Mundial y WRITal y como aparece en el resumen de Recursos Mundiales 2000-2001 (abril de 2000) Hay momentos en que la decisión más difícil es admitir lo obvio. Es obvio que en todo el mundo las economías nacionales están basadas en bienes y servicios derivados de los ecosistemas, como también lo es que la vida humana depende de la capacidad que tengan esos ecosistemas para seguir proporcionando sus múltiples beneficios. Con todo, tanto en los países ricos como en los pobres, por mucho tiempo las prioridades del desarrollo se han centrado en aquello que podemos extraer de los ecosistemas, sin tomar demasiado en cuenta el impacto de nuestras acciones. Si bien nadie duda de nuestra dependencia de los ecosistemas, integrar las consideraciones sobre su capacidad productiva en las decisiones relacionadas con el desarrollo es una tarea difícil, pues requiere que los gobiernos y las empresas revisen algunos supuestos básicos sobre la manera de medir y planificar el crecimiento económico. La pobreza obliga a muchas personas a poner en peligro los ecosistemas de los cuales dependen, aun cuando estén conscientes, por ejemplo, de que están extrayendo madera o pescado a niveles insostenibles. La codicia o una vocación emprendedora, la ignorancia o el descuido también pueden conducir a la gente a pasar por alto los límites naturales de los ecosistemas. Sin embargo, la dificultad más grande de todas estriba en que las personas en todos los niveles -- desde el agricultor más pequeño hasta el alto funcionario de gobierno -- o bien no pueden hacer un buen uso de la información a su alcance o carecen del conocimiento básico sobre la condición actual y perspectivas de los ecosistemas en el largo plazo. Este informe, junto con el Análisis Piloto de los Ecosistemas del Mundo (APEM) en el cual está basado, constituyen uno de los pasos para hacer frente al problema. Actualmente en todas las naciones -- tanto ricas como pobres -- la gente está sufriendo de una u otra forma los efectos del deterioro de la base de recursos naturales: escasez de agua en el Punjab, India; erosión del suelo en Tuva, Rusia; mortandad de peces en la costa de Carolina del Norte en los Estados Unidos; desprendimientos de tierra en las laderas deforestadas de Honduras; incendios en los bosques alterados de Borneo y Sumatra en Indonesia. Los pobres -- quienes por lo general dependen directamente de los ecosistemas para su sustento -- son los que más sufren cuando estos se degradan. Al mismo tiempo, en todo el mundo hay quienes están trabajando para encontrar soluciones: programas de conservación de bosques comunitarios en Dhani, India; manejo colectivo de praderas en Mongolia; transformación agrícola en Machakos, Kenia; remoción de especies invasoras de árboles para proteger los recursos hídricos en Sudáfrica, y restauración de los Everglades en los Estados Unidos, entre otros esfuerzos. Gobiernos y entidades privadas están invirtiendo miles de millones de dólares en tratar de rectificar la degradación de los ecosistemas, o por lo menos de evitar sus consecuencias, y se requerirán miles de millones más para restaurarlos en una escala mundial. Como lo demuestran estos ejemplos y muchos otros citados en este volumen, nuestros conocimientos sobre los ecosistemas han aumentado en forma dramática, pero no al mismo ritmo que ha alcanzado nuestra capacidad para alterarlos. A menos que utilicemos los conocimientos adquiridos para desarrollar nuestros ecosistemas en forma sostenible, corremos el riesgo de infligirles aún más daño, con las graves consecuencias que esto pueda traer para el desarrollo económico y el bienestar de la humanidad. De ahí la urgencia de este tema: errores evitables producto de nuestra miopía pueden afectar la vida de millones de personas ahora y en el futuro. Podemos continuar alterando ciegamente los ecosistemas de la Tierra, o podemos aprender a usarlos de manera sostenible. Si decidimos continuar con los patrones actuales de uso, es casi seguro que enfrentaremos una disminución de la capacidad de los ecosistemas para producir su amplio espectro de beneficios, desde agua limpia hasta un clima estable, desde leña hasta cultivos alimentarios, desde madera hasta hábitats para la vida silvestre. Sin embargo, tenemos otra opción. Esta requiere que reorientemos la forma en que vemos los ecosistemas, de manera que consideremos su sostenibilidad como esencial para la nuestra. La adopción de este "enfoque ecosistémico" implica que evaluemos nuestras decisiones sobre el uso del suelo y los recursos en términos de cómo afecta éste la capacidad de los ecosistemas para mantener la vida, pero no solamente el bienestar humano sino también la salud y el potencial productivo de plantas, animales y sistemas naturales. Mantener esta capacidad se convierte en nuestra "llave maestra" para el desarrollo nacional y humano, en nuestra esperanza para acabar con la pobreza, en nuestra salvaguardia para la biodiversidad y en nuestro pasaporte hacia un futuro sostenible. Obviamente es difícil saber qué será sostenible en el ambiente físico o político del futuro. Es por ello que el enfoque ecosistémico hace hincapié en la necesidad de contar con buena información científica y con políticas e instituciones sólidas. Desde un punto de vista científico, un enfoque ecosistémico debería:
Desde la perspectiva de las políticas, un enfoque ecosistémico debería:
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